100 años de Astor Piazzolla, el revolucionario del tango.

Sus composiciones combinan elementos del jazz, el tango y la música clásica


Hoy, 11 de marzo, Astor Piazzolla cumpliría 100 años. Por esa inescrutable forma de persuasión que tienen los números redondos, la recurrencia es motivo válido para volver a prestar atención a su obra, en plena vigencia, y a recorrer una vez más su historia, a esta altura abundantemente explicada y retratada. En ese trajín, en el momento medular de este “Año Piazzolla” se multiplican los recuerdos y homenajes en el mundo.

La obra piazzolleana aprovecha y estira esas referencias del tango. Redistribuye, desplaza y se convierte en síntesis de sus elementos constitutivos más destacados para generar una nueva sensibilidad urbana. En los años 60, cuando la resaca de la “edad de oro” hacía languidecer “el pensamiento triste” y la potencia tecnicolor de la cultura rock todo lo empezaba a cubrir, el bandoneonista y compositor criado en Nueva York, el “pollo” de Gardel y Troilo, tenía algo para decir. Por eso atrajo atención de las clases medias, cultas, a caballo de su impulso renovador y modernista.

Holgadamente sensual para ser popular y suficientemente compleja para desbordar los macizos terraplenes del entretenimiento, la obra de Piazzolla goza de todos los derechos entre los clásicos del siglo XX. Mezcla intrigante de audacia y candor, gozo y melancolía, oralidad y escritura, la música del bandoneonista todavía es capaz de parecerse al mundo que la circunda. Con esa chapa transita el siglo XXI y así circula desde hace décadas por salas de concierto, festivales de jazz, clubes nocturnos y escenarios de las más variadas layas, sin dejar de ser, por sobre todas las cosas, emblema sonoro de esa ciudad, Buenos Aires, la que antes supo engendrar al tango.

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