La Feria del Milagro del Parque San Martín se llena de aromas, sabores y acentos de distintos lugares del país. Entre los feriantes que llegan para acompañar las celebraciones se encuentra «Legui», oriunda de Santa María, Catamarca. Ella relata que regresar a Salta durante estas fechas representa mucho más que una simple oportunidad de trabajo.

La familia de Legui participa de la feria desde hace muchos años. Guardan allí numerosos recuerdos hermosos y agradecen la posibilidad de concurrir cada año para trabajar, dar gracias por la salud y pedir por todos. Para ella, el significado del Milagro abarca el esfuerzo cotidiano y la sensación profunda de sentirse bendecida y amada por Dios.
Mientras miles de personas recorren el Parque San Martín, los feriantes esperan que el movimiento comercial genere buenas ventas. Legui destaca que el producto principal que traen desde Santa María es la capia, una preparación tradicional hecha con harina de maíz capia. Asimismo, ofrecen rosquetes, masas, productos secos de los valles y dulces regionales como mermeladas, con bandejas de masas que cuestan ocho mil pesos.
El debate sobre la mercantilización de la festividad
La transformación de la Fiesta del Milagro en un multitudinario complejo ferial plantea profundos interrogantes sobre la mercantilización de lo sagrado. Lo que históricamente nació como un espacio de recogimiento, penitencia e introspección espiritual corre hoy el riesgo de subordinarse a la lógica del consumo y el entretenimiento masivo.
La organización municipal de tres días de música y espectáculos ruidosos en el Parque San Martín expone una falta de sensibilidad hacia el espíritu del peregrino. El sacrificio físico de los fieles exige un entorno de respetuoso silencio, descanso y oración en lugar de una festividad de carácter laico.
Tensión entre devoción y entretenimiento
La presencia de parlantes, espectáculos, grupos de danza y música tropical desvirtúa el sentido de una de las festividades religiosas más importantes de la región. Convierte un pacto de fe en un atractivo turístico e inmobiliario más de la agenda pública, desplazando la devoción genuina hacia una experiencia superficial.
Cientos de puestos comerciales, patios gastronómicos y escenarios transforman el espacio público en una feria de diversiones donde el consumo material eclipsa la austeridad del peregrinaje. El ruido ensordecedor rompe el clima de oración de miles de fieles que caminan durante días buscando consuelo espiritual y no una propuesta bailable o comercial.
Esta conversión evidencia una pérdida de identidad y una secularización forzada de las tradiciones litúrgicas. Cuando las instituciones y el mercado priorizan el rédito económico por encima de la mística religiosa, se vacía de contenido el núcleo identitario de la celebración. La Fiesta del Milagro mantiene su fuerza en el misterio de la fe, el silencio y la memoria histórica, sin requerir de festivales folclóricos o cumbieros para convocar a las masas.










