A días de su muerte, releer ‘El mar que nos trajo’, la única novela de la notable dramaturga es darse cuenta que hubo quienes vinieron sin querer venir, y que ese origen sin epopeya también nos define.

Una noche de los primeros años noventa del siglo XIX, un hombre vuelve del trabajo por las calles del sur de Buenos Aires. En ese momento se encuentra con los hermanos de su mujer, quienes vinieron desde Italia a buscarlo. No hay negociaciones ni escenas dramáticas: lo embarcan esa misma noche y lo devuelven a la isla de Elba. Años atrás, él había dejado allí a Adele, casada con él y viviendo en absoluta soledad. En Buenos Aires quedan Luisa y una hija de tres años llamada Natalia, la cual no recibirá ninguna explicación sobre el suceso.
Así arranca El mar que nos trajo, la novela que Griselda Gambaro publicó en 2001. Esta obra contiene casi todo lo que ella entendía por violencia: un cuerpo trasladado por decisión ajena, sin ceremonias y con una eficacia que no necesita levantar la voz, pero que reclama a gritos justicia, testimonio y reparación.
Griselda Gambaro murió el martes 15 de septiembre a los 98 años, apenas dos meses después del fallecimiento de Juan Carlos Distéfano, el escultor con quien estuvo casada desde 1955. Su nombre estuvo asociado durante seis décadas a otra clase de escenas teatrales y literarias: la familia que entrega a un hijo en Los siameses, el campo de concentración disfrazado de escuela de música en El campo, o el público obligado a recorrer una casa siniestra en Información para extranjeros. En todas ellas destacan la crueldad institucional, el poder ejercido con buenos modales y la víctima que colabora con su propio verdugo. Al lado de esos textos, El mar que nos trajo parece un libro doméstico, aunque en realidad utiliza exactamente el mismo material con otro enfoque. Lo que cambia no es el procedimiento, sino el objeto: en lugar del Estado, opera la familia; en lugar del secuestro institucional, actúa el barco.
La historia familiar que está en el fondo de esta novela la acompañó toda la vida antes de convertirse en libro. “Un libro se escribe mucho antes de que uno en realidad lo haga”, comentó en alguna ocasión sobre esta obra. El texto es el resultado de relatos escuchados en la infancia, en un hogar donde esas cosas se contaban a media voz y con pudor, y que esperó más de medio siglo para materializarse. A Reina Roffé le confesó en 2001: “Yo soy de origen italiano, siento de manera muy acusada este origen”.
La inmigración como abandono y no como epopeya
El relato arranca en 1889, cuando Agostino, un pescador de Elba, se embarca rumbo a Buenos Aires. Recién casado con Adele, abandona la isla de la misma manera en que lo hicieron cerca de tres millones de italianos entre 1880 y 1970, de los cuales la mitad terminó regresando a su tierra natal. En 1914 vivían en la ciudad de Buenos Aires más de 300.000 nacidos en Italia, lo que representaba una cuarta parte de la población porteña.
En Buenos Aires, Agostino conoce a Luisa, otra inmigrante, y forma con ella la familia que le prohíbe el matrimonio previo que dejó del otro lado del océano. De esa segunda vida nace Natalia. Tiempo después llegan los hermanos de Adele para ajustar cuentas.
Lo que Gambaro hace con este argumento contradice por completo el relato nacional tradicional sobre la inmigración. La versión escolar oficial —la del crisol de razas y el gringo que se esfuerza para que el nieto sea doctor— narra la migración como una epopeya de llegada: se parte de la miseria, se atraviesa el océano y se funda una estirpe. La novela, en cambio, narra la migración como un abandono. Su protagonista no encarna a un héroe sacrificado, sino a un hombre que causa daño en dos continentes. Lo hace menos por pura maldad que por su incapacidad absoluta de sostener las dos vidas que la distancia le permitió construir. El mar, que en la mitología argentina funciona como un umbral que se cruza una sola vez, actúa aquí como una máquina de duplicar: duplica las mujeres, las casas, las hijas y las lealtades, para luego pasar factura.
La Ley de Residencia y la historia obrera de reojo
La autora incorpora un dato histórico de costado, sin explicaciones exhaustivas, que sostiene toda la lectura política del libro: el mismo país que convocaba inmigrantes mediante la Constitución de 1853 sancionó en 1902 la Ley de Residencia, la cual autorizaba a expulsar extranjeros sin juicio previo. Además, en enero de 1919 reprimió la Semana Trágica dejando un saldo de muertes que todavía genera discusiones históricas. El anarquismo, la ley y la represión aparecen en la novela tal como aparece el clima: no se debaten, simplemente se padecen. Contada de frente, la historia obrera de la inmigración italiana se convertiría en una tesis; contada de reojo, desde la cocina de una humilde casa de Barracas, se transforma en un destino ineludible. Agostino tranquilamente podría haber sido expulsado por decreto en 1902 con la misma facilidad con que sus cuñados lo deportaron diez años antes, y la novela no necesita explicitarlo para que el lector lo comprenda.
La diferencia fundamental entre un barco y otro, entre decidir irse y ser llevado a la fuerza, constituye el centro moral del libro. En este aspecto, Gambaro demuestra una precisión mayor que casi toda la literatura argentina sobre la temática. Agostino se marcha por voluntad propia y vuelve obligado. Entre ambas travesías transcurren una ciudad, un trabajo, una mujer y una hija, pero ninguna de esas circunstancias le otorga el derecho elemental a decidir sobre su destino. El hombre que en 1889 abordó un barco convencido de que el mundo estaba abierto se convierte en 1892 en un simple bulto que otros trasladan. Quien haya leído El campo reconocerá enseguida el patrón de Gambaro: el personaje que cree administrar su vida descubre tarde que fue manipulado desde el principio, cuando ese descubrimiento ya no puede modificar nada.
Las mujeres que no viajan y el peso de la espera
Del otro lado se encuentran las mujeres, y en ese punto la novela se vuelve aún más implacable. Adele espera en Elba y Luisa espera en Buenos Aires; ninguna de las dos viaja. Margherita Cannavacciuolo, investigadora de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, señaló que la inmovilidad femenina en esta obra no representa solo un rasgo argumental, sino una característica profunda del estilo: los espacios se cierran, las escenas se repiten y el tiempo de las mujeres transcurre en interiores estáticos donde nada ocurre, mientras que el de los hombres se mide en millas marinas.
La crítica italiana leyó el libro como una historia de Penélopes modernas, aunque la comparación solo funciona bajo una condición: aquí Ulises no regresa por astucia ni por propio deseo, sino devuelto a la fuerza, y llega a un hogar que dejó de reconocerlo. En la obra de Homero la espera se premia; en la literatura de Gambaro no se premia absolutamente nada.
Luisa es el personaje que paga el precio más alto y al que la novela trata con menor piedad pero con absoluta justicia. Abandonada sin previo aviso y con una criatura de tres años, su vida se deteriora notablemente. Posteriormente arma un nuevo vínculo con Domenico Russo, un calabrés, y tiene otra hija llamada Isabella. Esta segunda familia no repara la primera, sino que simplemente la superpone. Gambaro se negó sistemáticamente a repartir culpas en este libro. “Busqué comprender más que condenar”, declaró en su momento. Nadie en la novela es un monstruo puro, y el resultado final resulta mucho más incómodo porque la desgracia deja de tener un responsable individual para convertirse en una estructura social.
Natalia hereda directamente esa estructura. Nacida en Buenos Aires e hija de un hombre que solo existe como ausencia, representa la postura de la novela sobre la segunda generación. El relato oficial sostiene que la inmigración produjo un país próspero; Gambaro demuestra que también produjo huérfanos con padre vivo, chicos criados en medio del rumor de una historia que los adultos no terminan de relatar, y adultos con una identidad construida a partir de material faltante. Natalia crece resentida, endurecida y con una existencia difícil que el libro jamás embellece. La escena en la que finalmente se quiebra —cuando grita el nombre de Giovanni con los brazos abiertos y le brota un llanto salado como el agua de mar— constituye la única concesión lírica que la autora se permite, reservada para el final, cuando el personaje ya se ha ganado ese derecho.
Giovanni es el hijo legítimo, el que nació en Italia y creció junto a Agostino. Viaja a Buenos Aires tras la muerte de su padre para buscar a esa hermana de la que se enteró tardíamente. Lo que lo moviliza es un objeto material: una fotografía de Natalia a los tres años que Agostino conservó celosamente hasta su muerte. Laura Scarabelli describió con precisión el funcionamiento de dicha fotografía: durante décadas actúa como un simulacro paralizante, una nena congelada en el tiempo que le permite a Agostino no procesar nada, manteniendo a su hija como se mantiene a los muertos, sin necesidad de pensarlos activamente para que estén presentes. Recién cuando Giovanni la mueve de lugar, la saca del cajón y la transporta al otro lado del océano, la imagen deja de embalsamar y comienza a transmitir verdades. La reconciliación del libro no ocurre entre personas vivas, sino entre una hija y un padre muerto, mediada por un hermano y una fotografía. Se trata de una reconciliación de la memoria y no de la biografía.
Esta historia apenas inventada
El último movimiento de la novela explica el título en plural. La narradora resulta ser la hija de Isabella, es decir, la nieta de Luisa, alguien que no comparte sangre con Agostino y que, sin embargo, lleva sus rasgos marcados en el rostro. Ella reúne los fragmentos de lo que le contaron y los convierte, según la fórmula final del texto, en “esta historia apenas inventada”.
De este modo, Gambaro fija su postura definitiva sobre la memoria familiar y sobre la literatura construida a partir de ella: no existen documentos absolutos, solo versiones; no hay verdades únicas, sino transmisiones; lo que llega de los abuelos llega inevitablemente deformado por las bocas que lo repitieron, y esa deformación constituye el único vehículo disponible. El mar no trajo únicamente personas; trajo relatos incompletos que, tres generaciones después, alguien debe encargarse de terminar.
El extranjero como figura moral
La palabra extranjero atraviesa toda la obra de la autora y vale la pena analizarla en relación con esta novela. En 1973, Gambaro escribió Información para extranjeros, una pieza donde el público recorre las habitaciones de una casa en la que se ejecutan escenas de tortura. El extranjero del título es el propio espectador, alguien que necesita instrucciones urgentes para comprender lo que ocurre en su propio país.
En 2001, el extranjero pasa a ser su abuelo. Entre ambas obras existe una continuidad estrictamente moral y no solo temática: a Gambaro siempre le interesó el que no pertenece, el que se encuentra dentro de una casa cuyas reglas jamás escribió y que se limita a recibir indicaciones. El inmigrante italiano de El mar que nos trajo se integra perfectamente en esa serie, la cual también incluye a la Antígona de Antígona furiosa (1986), convertida en extranjera en su propia ciudad por la sola insistencia de enterrar a un muerto.
Esta continuidad desactiva cualquier lectura superficial del libro que pretenda verlo como un descanso o una novela amable de vejez tras tanta pesadilla anterior. La prosa es indudablemente más contenida que la de su teatro, y el tono general refleja el pudor con el que se hablaba en aquellas casas de antaño. Sin embargo, lo que narra es una historia de coerción doméstica que opera con los mismos mecanismos represivos de sus creaciones previas, con la única salvedad de que aquí los ejecutores son cuñados y no militares, y el móvil responde al honor familiar en lugar de a la doctrina de seguridad nacional.
Griselab Gambaro pasó su vida escribiendo sobre lo que sucede cuando un ser humano adquiere la capacidad de disponer del cuerpo de otro. El hecho de que en esta ocasión quien disponga sea la propia familia no suaviza el conflicto, sino que lo vuelve mucho más antiguo.
Queda para la lectura actual una novela imprescindible sobre la inmigración, escrita por una nieta de inmigrantes que rechazó tanto el molde de la epopeya como el de la denuncia panfletaria. La epopeya le habría exigido un héroe incuestionable; la denuncia, un culpable evidente. En su lugar, Gambaro retrató a un pescador de Elba que se fue, armó una nueva familia, fue devuelto a la fuerza a la anterior y terminó muriendo con una fotografía de tres por cuatro guardada en el cajón. En un país donde la inmigración europea constituyó durante un siglo el mito fundacional de la clase media y donde hoy se vuelve a discutir qué obligaciones se tienen con los que llegan, este pescador representa una lectura sumamente útil frente a cualquier alegato simplista. La novela enseña de manera contundente que el viajero siempre trae consigo el daño del que huyó, y que nadie termina de llegar del todo. Natalia, nacida en Buenos Aires, demoró toda una vida entera en llorar por un hombre al que jamás llegó a conocer.